Recalibrando el liderazgo y la legitimidad en la Diáspora Armenia

Gráfico de Proper Company, exclusivo para Armenian Weekly

PREGUNTAS, REFLEXIONES, PROVOCACIONES

El artículo se publicó originalmente en The Armenian Weekly el 3 de octubre de 2018.

Recientemente, tuve el privilegio de asistir a una recepción en Nueva York para el nuevo Primer ministro de Armenia, Nikol Pashinyan. Organizada por la Embajada de los Estados Unidos en Armenia, fue una reunión colorida y ecléctica, con nuevas y viejas caras y una mezcla de preguntas del público que iban desde lo perspicaz hasta lo absurdo. Las respuestas del Primer ministro Pashinyan en su mayor parte fueron cosas que ya había dicho antes; sin embargo, sus palabras eran refrescantes para una comunidad que rara vez escucha a políticos que hablan con precisión, sin pompa ni pretensiones, y con un respeto permanente por la gente a la que sirven.

Mi objetivo aquí no es revisar este evento per se.Más bien, deseo desarrollar un aspecto del mismo: el evento fue anunciado como una reunión "con los líderes de la comunidad armenio-estadounidense" y, sin embargo, no siempre me quedaba claro quién es ese liderazgo, qué representa y cómo se llega a tales determinaciones. ¿Quién se califica como un líder de la comunidad en esta época? Una pregunta provocativa, quizás, pero importante a considerar.

El evento fue anunciado como una reunión "con los líderes de la comunidad armenio-estadounidense" y, sin embargo, no siempre me quedaba claro quién es ese liderazgo, qué representa y cómo se llega a tales determinaciones.

Me enfrenté a estas cuestiones y me quedé pensando que ya era hora de reflexionar sobre lo que entendemos por "liderazgo comunitario " y sobre cómo esos significados siguen cambiando con el tiempo. Espero que estos elementos para la reflexión nos sirva de guía para seguir avanzando.

Hubo un tiempo, hace décadas, en que nuestra comunidad podía describirse en términos bastante sencillos. La gran mayoría de la gente tenía sus raíces inmediatas en el yergir-Armenia Occidental- y en el Genocidio Armenio. El liderazgo y la legitimidad pertenecían, en su mayor parte, a los partidos políticos (Dashnak y Ramgavar, especialmente), a sus organizaciones afiliadas (SSA y UGAB, en el ámbito filantrópico; Baikar y Hairenik en el ámbito literario) y a las instituciones de las iglesias representativas.

La primacía de estas organizaciones se basaba en su sabiduría tradicional y logros en el Viejo País, mientras que para las generaciones siguientes se renovaban trabajando para mantener a los armenios como armenios, principalmente a través del idioma, la cultura y la historia. Al mismo tiempo, estos grupos ofrecían posturas ideológicas que ayudaron a guiar a su gente durante los largos años de exilio, desposeimiento, Guerra Fría, etc. Ya fueran los Dashnak y su obstinado sueño de una Armenia libre, independiente y unida, los Ramgavar, con su pragmática defensa de la Armenia soviética y el statu quo,o el duelo y la condena casi universales del Genocidio, las organizaciones líderes forjaron un campo de juego bipartito bastante estable. Aunque el contenido de este campo de juego no siempre fue amistoso o colaborativo, el sistema -como la propia Guerra Fría- demostró ser duradero y estable, que duró hasta bien entrados los años sesenta y más allá. Pero a partir de las décadas de 1960 y 1970, este estado estable empezó a cambiar. Había varias razones, desde las globales hasta las locales, pero los efectos más amplios eran innegables: una nueva generación de armenios-estadounidenses había empezado a pensar y actuar de forma diferente.

Mientras tanto, la afluencia de nuevos armenios -procedentes del Medio Oriente y de otros lugares- desafió y revitalizó nuestras estructuras comunitarias existentes. Finalmente, el campo de juego se amplió: cada vez más vimos aparecer grupos no partidistas, polifacéticos o no afiliados a las estructuras tradicionales. Ya sea que sus objetivos eran académicos, culturales, profesionales, de defensa o simplemente sociales, tales grupos poco a poco redefinieron los términos de la participación comunitaria, con objetivos y métodos que a menudo eran pragmáticos y no ideológicos, "asimilados" y no puramente patrióticos, "ni de este lado ni de aquel", etc.[1] El marco existente, aunque se mantenía, se fue ampliando, diversificando y, algunos dirían, descentralizando o incluso desafiando.[2]

Luego llegó 1988, y las compuertas se abrieron de verdad... al igual que la propia Armenia: primero fue el movimiento de Karabaj, luego el devastador terremoto, y en pocos años fuimos testigos del colapso total de la URSS y la aparición de un estado incipiente e independiente. A medida que estos acontecimientos iban envolviendo a Armenia, nuestro pueblo en todo el mundo no podía evitar buscar el compromiso: muchos observando desde lejos con un renovado interés, muchos más contribuyendo a los esfuerzos de ayuda y solidaridad, con un pequeño pero creciente número de espíritus emprendedores buscando una participación más directa. Tales actividades, aunque ciertamente inspiradas en el patriotismo, fueron igualmente impulsadas por consideraciones pragmáticas, ya que la nueva Armenia presentaba necesidades tanto urgentes como inmediatas.

En este entorno, la atención de la diáspora se amplió, ya que una agenda centrada en Armenia rivalizaba, y de vez en cuando superaba la necesidad de mantener fuertes y vibrantes nuestras comunidades de la diáspora. A medida que la patria y la diáspora se convertían en partes interpenetradas de un nuevo y emergente todo, fuimos testigos de aquellos cuyo enfoque principal ya no estaba aquí, "mantener el fuerte", sino allá... en Armenia. (De hecho, la distinción entre "aquí" y "allá" se hizo cada vez más borrosa). A veces, esta diversificación parecía dispersar demasiado los recursos de nuestras comunidades, pero el renovado enfoque en Armenia también parecía natural, ya que la patria y su gente eran algo que habíamos apreciado y jurado servir durante mucho tiempo.

En medio de todo esto, ocurría algo significativo: durante la década de los 90, y acelerándose a lo largo de 2000, ha habido una retirada de la ayuda instintiva y de emergencia y un mayor enfoque en el desarrollo a largo plazo de Armenia. Las razones de esto son muchas, y no es mi objetivo aquí,[3] pero el hecho es que, junto con nuestros grupos comunitarios, un pequeño subconjunto de individuos -la mayoría de ellos pudientes - ya no se conformaban con escribir cheques a los que están a cargo. Más bien, empezaron a moverse en una dirección diferente, estableciendo sus propios mecanismos para ofrecer ayuda. Por ejemplo, mi propio empleador, James Tufenkian, sintió que no sólo tenía dinero, sino también experiencia para ofrecer, y así creó su propia fundación en Armenia. Al hacerlo, fue contratando y formando a su propio personal, ejecutando proyectos directamente sobre el terreno e introduciendo las mejores prácticas internacionales en su organización. También podría señalar otros ejemplos; parte de una tendencia en la que la participación de la diáspora ya no se trata de una asistencia inmediata. En lugar de comedores sociales y orfanatos, los empresarios de hoy buscan ayudar a grupos de la sociedad civil, promover la educación y la creatividad, e invertir en aquellos que buscan mejorar sus conocimientos y las condiciones de vida en toda Armenia.

Trasladémonos al día de hoy: eventos como el del pasado domingo se anuncian como "reuniones de liderazgo comunitario", pero el perfil de ese liderazgo ha cambiado de lo que conocíamos alguna vez. Ahora, junto con los líderes tradicionales que están sobre el terreno –los editores, educadores, activistas, defensores y profesionales- hay casi tantos que representan un nuevos tipo de liderazgo: individuos muy adinerados que han creado sus propias fundaciones privadas, grupos de empresas o programas de intercambio, como el COAF (Garo Armen), Paros (Roger Strauch), Birthright Armenia (Edele Hovnanian), TUMO (Sam Simonian), Armenia 2020 (Noubar Afeyan, Ruben Vardanyan), etc. Es innegable que estas personas están realizando un trabajo importante en y para Armenia, pero son en gran medida "exposiciones individuales" responsables principalmente a sí mismos y a sus donantes, y que se cruzan bastante vagamente con el trabajo en curso en nuestras comunidades aquí. Y, sin embargo, estos nuevos actores indudablemente gozan de un gran atractivo entre nuestro público ofreciendo alimento e inspiración a muchos que respaldan sus buenas obras en la patria. En ese sentido, están desempeñando un papel de liderazgo valioso, aunque diferente.

Desde la independencia, y con mucho estímulo por parte de Ereván, ha surgido un énfasis predominante en el dinero. Los que lo tienen y lo gastan son reconocidos como líderes de la comunidad, mientras que los que no lo tienen, bueno... lo siento.

Así que esta élite recién ascendente no es un "liderazgo comunitario" en el sentido tradicional. Sin embargo, es difícil negar su papel en la creación de nuevos tipos de compromiso popular con Armenia. Tal vez, entonces, deberíamos simplemente ampliar nuestro ámbito y aceptar que este segmento tiene un valor igual y complementario al de nuestros esfuerzos básicos existentes. En otras palabras, el liderazgo actual consiste en 1) el compromiso y la acción en beneficio de la patria; y 2) los esfuerzos continuos para mantenernos unidos y perpetuarnos como un pueblo. De hecho, es difícil imaginar que una esfera de liderazgo funcione sin la otra. Después de todo, ¿puede tener éxito una recaudación de fondos en Nueva York para los pueblos fronterizos de Artsaj si no hay un público educado y motivado para ello?

Pero me temo que hay algo más; algo que requiere una reflexión más profunda, más allá de simplemente aclarar o ampliar nuestra visión. Esta es la creciente división de clases entre el liderazgo "antiguo" y "nuevo". Desde la independencia, y con mucho estímulo por parte de Ereván, ha surgido un énfasis predominante en el dinero. Los que lo tienen y lo gastan son reconocidos como líderes de la comunidad, mientras que los que no lo tienen, bueno... lo siento. El resultado es, cada vez más, un entorno de "pagar para jugar", que va en contra de los valores y las prácticas duraderas de nuestras comunidades.

Ahora, algunos dirán que el "pagar para jugar" siempre ha estado presente, hasta cierto punto. Tal vez sea así. Pero hoy es generalizado, filtrándose en todos los rincones de nuestra vida comunitaria, reescalando el equilibrio de todo lo que toca.

Parece que están desvaneciendo los días en que confiamos en todo tipo de líderes: una reunión anual de la iglesia, por ejemplo, podría incluir en sus deliberaciones a los contables, mecánicos de garaje, maestros de escuela, comerciantes, así como a los profesionales ricos y empresarios acomodados; cada uno contribuyendo de una manera u otra. Ese modelo, aunque todavía funciona en algunos lugares, parece que está pasando de moda en el ámbito nacional.

En su lugar hay un elitismo nuevo y audaz -informado por la ideología neoliberal- en el que la riqueza privada triunfa sobre la toma de decisiones colectiva, y en el que una cultura de poder corporativo, celebridad e individualismo de alguna manera engendra mágicamente sabiduría, sofisticación e ideas progresistas.

En un entorno así, nuestro equilibrio como comunidad -de hecho, la propia noción de comunidad- se ve crucialmente desafiada. Porque, como he indicado arriba, aunque la nueva élite tiene mucho que ofrecer, su retórica y su modus operandi implican a veces que creen que pueden hacerlo solos, como agentes benévolos autogenerados. Pero sin comunidades fuertes, de abajo a arriba, no habría muchos seguidores para tal benevolencia, ¿verdad?

Para ilustrar este problema, señalo una Carta Abierta, publicada en el New York Times el 28 de octubre de 2016, titulada "El futuro para los armenios del mundo es ahora". La carta, firmada por 23 personas, pedía un "mayor nivel de compromiso sostenido" de la comunidad armenia mundial, para "llevar a Armenia a no menos de los mismos estándares globales que los de los países en los que vivimos muchos de nosotros en la diáspora" y fomentar un "espíritu de colaboración y coordinación sin precedentes entre todas las organizaciones e individuos armenios."

Sin embargo, a pesar de su noble llamamiento a la unidad, la carta, que pretendía representar una nación panarmenia, se quedó corta. Sus 23 signatarios consistían únicamente en una lista exclusiva de personas prominentes, ricas o poderosas. De estos 23, sólo había una mujer.

Si la intención de los firmantes era liderar la nación, ¿qué pasa con el resto de nosotros? ¿Qué pasa con los trabajadores de la construcción en Ereván que apenas cobran de sus señores oligarcas, con las comunidades que viven en medio de las minas tóxicas a cielo abierto de Meghri, con los antiguos profesores convertidos en taxistas que sobreviven marginados de la economía actual de Ereván? ¿Y qué hay de los héroes olvidados de cuello azul que se esfuerzan en la relativa oscuridad manteniendo nuestras escuelas, llenando nuestras iglesias y centros comunitarios en la diáspora? ¿Y qué pasa con los jóvenes activistas de Armenia que han movido montañas para remodelar el panorama político del país? No están representados en ninguna parte de esta declaración.

De hecho, tengo la sensación de que este mensaje está destinado para todas las personas, pero no está pensado por parte de todos. Dicho de otro modo, parece haber un compromiso retórico de "para la gente", pero una aversión/evitación de "con y por la gente". Si es así, tenemos un problema.[4] Un problema con la nueva élite es que sus métodos y reflejos no siempre encajan bien con la vida comunitaria: No podemos trabajar simplemente para la gente, como si fueran beneficiarios o casos de caridad; también debemos trabajar con la gente, y eso significa todos. ¿Debemos creer que nadie -ningún organizador laboral, ningún ecologista, ninguna feminista o periodista de investigación- es lo suficientemente digno o sofisticado como para firmar declaraciones como las anteriores? ¿Son estas personas menos "mundanas", menos globales, simplemente porque no están en la cima de la cadena alimentaria capitalista? Esto es francamente elitista, insultante y, en última instancia, contraproducente. De hecho, si realmente nos preocupan nuestras comunidades, entonces nos corresponde fortalecernos colectivamente, de arriba a abajo, en nuestro país y en el extranjero, donde un segmento no puede desarrollar su potencial sin fortalecer al otro. Ese es el tipo de la unidad nacional que espero que tenemos en cuenta.

Me parece irónico, de alguna manera, que tales ideas fluyan con motivo de la visita de Nikol Pashinyan. Porque el mensaje de Pashinyan -empoderar a todos y cada uno de los ciudadanos, enfatizando los derechos y las responsabilidades de todos, y tratar de restaurar algo de público en la noción de servicio público- parecería pedir una alineación de liderazgo más amplia que la que reunió la Embajada.

Tal vez deberíamos prestar atención al mensaje de Pashinyan y tratar de reformar el campo de juego en la diáspora también... un campo de juego que haga uso de todos nuestros talentos y habilidades, en un entorno en el que fomentemos el espíritu empresarial y la sana competencia, sin duda, al mismo tiempo enfatizando la colaboración permanente y el apoyo mutuo. Tenemos un camino por recorrer para restablecer ese equilibrio, pero se puede lograr.

Notas

  1. Algunos ejemplos de esta tendencia son la NAASR en el ámbito académico, la Asamblea Armenia en el ámbito de la defensa, la Sociedad de Amigos de la Cultura Armenia en el ámbito de la cultura, el Armenian Reporter 1. en el ámbito del periodismo y PAND (Philadelphia Armenian Nor Daree) en el ámbito social.
  2. 1. En cuanto a los "desafíos al marco existente", también podríamos mencionar grupos, por ejemplo ASALA, que surgieron como una respuesta radical al conservadurismo percibido de los partidos principales.
  3. Para un tratamiento más detallado de este asunto, véase mi artículo titulado "Veintiséis años después: De la asistencia caritativa al cambio social", aparecido en el Armenian Weekly y el 21/9/2017.
  4. Que yo sepa, sólo ha habido una crítica pública de esta Carta Abierta. Eso ocurrió algunos días después, cuando varias docenas de activistas denunciaron el carácter simbólico y la desigualdad de género de la declaración, ya que pretendía representar la nación, pero con sólo una mujer entre los 23 signatarios. Hasta el día de hoy, no he visto otras críticas, y desde luego ninguna crítica del contenido más amplio de la carta o de sus implicaciones elitistas y neoliberales.

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